La Ermita de San Gaudencio Mártir, la desaparecida Ermita de la Calle Cruz.

No podemos hablar de la Ermita de San Gaudencio sin antes hablar de la familia que protagoniza su patronazgo. Ya en la reforma de los Repartimientos de 1492, Alonso Fernández Cortés y su mujer, Bárbara González García naturales de Ciudad Rodrigo y la Rivera, aparecen instalados en nuestro municipio. La antigüedad e hidalguía de linaje, así como la condición de descendientes de los ganadores de la villa es un hecho del que se muestran especialmente orgullosos algunos de los miembros de la familia Fernández de Medina, que no dudan en proclamarla en numerosos documentos públicos fechados en el siglo XVIII, mostrándonos la mentalidad de la época y la importancia que conceptos como el de la limpieza de sangre tenían para los hombres de la Edad Moderna.

Don Diego Fernández de Medina nació en Alhaurín El Grande en 1725, en un ámbito cultural y económico propios de los de una familia hidalga dedicada a la explotación agropecuaria en el marco de la Andalucía de la Edad Moderna. Hijo de Antonio Nicolás Fernández de Medina y Ana Rosalía Sánchez Martín.

Los primeros pasos de Fernández de Medina en el Clero pasaron por el Convento de Santo Domingo, en Málaga, y en 1757 ya era Teniente de Cura de la Parroquia de los Santos Mártires. Tenía una estrecha relación con la capital, su nombre aparece ligado a entidades religiosas como la Santa Escuela de Cristo de la Iglesia de San Felipe Neri, fue Hermano Mayor de la Hermandad de los Dolores y Hermano Mayor y fundador de la Hermandad del Rosario de la Concepción y Remedios. Pasó por varios municipios de la provincia hasta conseguir llegar a obtener uno de los beneficios de la Parroquia de Alhaurín el Grande en 1780.

Don Diego Fernández de Medina fue nombrado sucesor del mayorazgo fundado por su tío Francisco Fernández de Medina en 1776, cargo que ostentará hasta el 17 de julio de 1804, cuando accede al cargo Don Manuel Gómez Fernández Santaella. A pesar de su tan longeva edad, siguió muy activo en la vida social del pueblo y los negocios familiares. Se desconoce cuando falleció, pero debió ser entre 1811 y 1813.

Su labor en nuestro municipio fue especialmente fructífera, realizando numerosas actuaciones en beneficio de la población. Tal vez una de las más destacadas fuese la de donar la casa que le correspondía por su cargo, junto a la Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación para que fuese utilizada como cementerio.

Aunque su actuación más relevante fue quizá la construcción de la Ermita de San Gaudencio.

Fernández de Medina destinó un solar de su propiedad, de forma rectangular y con unas dimensiones de unos 70 metros cuadrados aproximadamente, para construir una ermita en honor a San Gaudencio Mártir. El edificio se encontraría en la intersección de las Calles Cruz y Real, proyectado por el maestro de obras Francisco Sánchez Díaz. La construcción del edificio tuvo un coste total de sesenta mil reales. En él se encontrarían las reliquias del santo, que habían sido concedidas a Fernández de Medina mediante una Bula firmada por el Papa Pío VI. De esta manera, el cuerpo incorrupto del mártir, soldado de una cohorte romana que vivió en época de los emperadores Dioclesiano y Maximino, que fue martirizado y enterrado en las catacumbas del Pontiano, sería venerado en nuestro pueblo.

Según Ildefonso Marzo, las reliquias estaban vestidas ricamente y salieron de Roma al mismo tiempo que las de otros tres mártires, destinados al príncipe de Parma, al arzobispado de Milán y a una hermana del rey de Francia.

Calle Real en 1960, con la Ermita de San Gaudencio al fondo.

La Ermita de San Gaudencio Mártir fue descrita en el testamento de Fernández de Medina en 1793, por lo que conocemos que constaba de un Altar Mayor presidido por la Virgen de los Dolores proveniente del oratorio privado familiar, colocada en un pequeño camarín bajo el cual descansaría el cuerpo de San Gaudencio. Este espacio era completado por un Crucificado.

En los muros laterales se ubicarían las imágenes de Santa Teresa y San Antonio de Padua, sobre retablos de repisa, así como una reliquia de Lignum Crucis. Para la decoración de los muros, se contaba con dos pinturas, una de San Cayetano y otra de San Dionisio, además de tres láminas de cobre con las imágenes del Salvador, Santa Teresa y San Antonio de Padua.

Bajo las reliquias, situadas en el Altar Mayor, se encontraba la Bóveda de los Patronos, a la que se accedía por una pequeña escalera de metro y medio situada tras el altar. En dicha bóveda se encontraban seis nichos a principios del siglo XX de los que se desconocen más datos. Es curioso que en 1793 se construyese una bóveda para enterramientos cuando ya en el reinado de Carlos III se habían prohibido los enterramientos en el interior de los templos.

Como peculiaridad, el templo contaba con un coro o tribuna, donde se encontraba el órgano y que tenía un acceso directo a la vivienda colindante, donde vivían los patronos, esto facilitaba que la familia del patrono acudiese a misa en una situación privilegiada.

En el testamento constaban también todos los objetos que donó el religioso, de los que destacan dos alfombras, dos candelabros de plata (cuyo peso cifra el testamento en más de tres libras), la campana para la espadaña (grabada con el nombre de San Gaudencio, titular de la Ermita) y un órgano destinado a las funciones religiosas. Dentro del campo de los destinados exclusivamente para uso litúrgico dotó al nuevo templo de numeroso vestuario de altar, casullas y un juego de cáliz, campanilla y vinagrera (éstos últimos, todos de plata).

El clérigo dejó reflejado en su testamento la prohibición de que todo lo anterior pudiese ser destinado a otra iglesia.

Fernández de Medina instituirá la figura del patrono, encargado del culto del Santo, aseo y limpieza de su altar e iluminación. El patrono tendría derecho a habitar la casa contigua a la Ermita y una renta de mil reales para el mantenimiento del edificio. El patrono tenía la facultad de designar un sucesor, siempre dentro de la familia Fernández.

No se sabe exactamente cuando entró en funcionamiento la ermita, ya que Ildefonso Marzo sólo nos aporta el dato de que la reliquia era venerada en el altar mayor del templo desde principios del siglo XIX.

Tras la Guerra Civil Española la ermita no volvió a abrirse al culto. Finalmente, fue demolida en 1975.

Juan Pablo Rueda Aragón, Historiador del Arte.

 

Bibliografía:

Marzo Y Sánchez, I., Historia de Málaga y su Provincia, Málaga, 1851, Tº II, pp. 142-143.

Pérez González, S.D. Diego Fernández de Medina y la fundación de la Ermita de San Gaudencio Mártir […]. Revista Lugar de Encuentro. Año IV, Número 10, Febrero-Marzo de 2005.

Morillo del Castillo, M. C. y Pérez González, S.D., Aproximación histórica a la Edad Moderna en Alhaurín el Grande, Guadalhórcete, Del Medievo a la Modernidad. Pp. 199-200. GDR Valle del Guadalhorce. 2005.

Castillo Benítez, J., Historia de la Villa de Alhaurín El Grande (Málaga), 5ª Ed., Málaga, 2018, pág. 199.

 

 

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